SER O NO SER SEGÚN LA MAQUINITA

Ser o no ser… esa es la cuestión, el quid de la cuestión. Yo fui, lo acepto y todos los vieron: grité y me cagué encima de cierta figura –digamos- institucional de lo que el sistema significa. En pocas palabras, vacilé a los pacos, me agarré con  los pacos y por consiguiente me gané una paliza de los pacos.
Eran tiempos violentos: detenciones ilegales, tiroteos a muerte, linchamientos, amenazas virtuales de desequilibrados mentales que se hacían llamar tus amigos y al día siguiente te basureaban gratuitamente, hijos de poderosos que atropellaban gente, coimeaban y salían libres sin más, ladrones cuyas yugulares reventaban mediante certeros y arteros balazos… balas, lumazos, guanacazos y golpes que venían de armas, palos, máquinas y manos manejadas por estos hijos de vecina que tenían la increíble idea de ser un chico bueno, un sirviente y ejecutante de la Lex, marcial, gallardo, bien afeitado, ignorante de la mayoría de los placeres no mundanos,  comprometido con el orden y la patria, con el verde olivo, de léxico paupérrimo, de gustos derechistas heredados sin saber bien por qué y que, en definitiva {y pese a todo lo expuesto anteriormente y a la realidad convenida de esta violencia, de este malestar cultural }, ellos preferían tranzarse con un borracho que les gritó buenos días, buenas tardes y aplicar toda la fuerza de ese recorte de la Lex, que el estado, el gobierno o la mierda que fuese les había designado.

Tres cosas: Vigilar y castigar {¿o fustigar?}, el curao era yo y ya estaba libre en el multicampo.   

Toda una sarta de recortes en las noticias sobre la mierda en que vivíamos; en la que vivimos y en la que a todas luces seguiríamos viviendo daban cuenta de un descontento general sobre todo: bonzos, lanzamientos sin paracaídas desde el falo de Horst, escándalos políticos, protestas animalistas, protestas por reservar vestigios absurdos de lo que llamaban naturaleza {aunque sí, daban de esas tristezas mudas y subyacentes como la linfa, ver cómo instalaban antenas de celulares como guindas en tortas tipo caca o de cómo se quemaban las Torres del Paine o el mismo Valparaíso [9 veces, 9 muertes consecutivas en la vida evolutiva de una ciudad, 9 cerros quemados hasta las raíces y levantados por la ciudadanía una vez más manipulada para sentir la responsabilidad del asunto y por tanto la resolución inmediata de ello… a pesar de la fatiga y la ignominia de la parte de la parte de esta parte, la autoridad], protestas para bajar el pasaje a la tercera edad, protestas porque sí y porque no, femicidios, homicidios, infanticidios, la vuelta de algunos “”””comunistas”””” y su movimiento político como un trueque charcha, a la mala,  con caras nuevas (la preciosura indiscutible de la reemplazante de Gladys Marín [pobre Gladys, sacudiéndose en la cripta como Allende, Don Raúl Silva Henríquez, C.Prats y ahora último el marica a mucha honra de Lemebel]… el país era un fraude… Penta dejando como los pencas que son a los derechistas  y fraudes hasta en concursos de la tele [Camiroaga, perdona, pero también te sacudes en las panzas de aquellas langostas al ver cómo te reviven domingo a domingo en el menú de tevito].
Era una burrada, pero era la burrada que todos creábamos, tolerábamos y vivíamos. Y en fin, a nadie le importaba demasiado. NI a los políticos, ni a los curas, ni a los ciudadanos de a pie y de a no-pie, ni a los pacos, ni a los artistas visuales, ni a los poetas, ni a los músicos. Ni los humoristas podían hacer chistes buenos con la situación. Qué decir de los picaos a periodistas del diario La Estrella de Valpo: columnista de tres al cuarto con notas sobre la bohemia o lo aburrido que estaba de la vida y de las plataformas culturales, más encima, hablando, plañidero desde una plataforma cultural sin siquiera entender que el papel de wáter no es parte de la cultura y más encima apolegetizar sobre ello. Y en fin, menos le importaba a los que hacían yoga y a los que no. Un mundo entero en nada. Nihilismo.
Vida virtual, dinero virtual, sexo virtual y por supuesto, nada.

Excepto… salir a la calle, corporeizarse, emborracharse, reír y enfrentar la pupila, la lengua, el sexo con tu mujer… Pam y yo estábamos de aniversario y habíamos decidido irnos a caminar y bajar una botella de algo. Gran panorama. Al carajo, para nosotros lo era.
Salimos…
Los adoquines de Barrio Puerto o la vieja y ya extinta Cuadra servían de plataforma para dar función a tal corporalidad, para mover el culo y mover la voluntad, en la polis.
 Después de un rato, tras vaciar buena parte de un whisky y echarnos un polvo apurado y divertido detrás de un árbol  {nos miraba una mujer desde uno de los tantos departamentos de la Población Márquez y eso nos dio risa y a mí se me fue a las rodillas el aparato} decidimos enfilar hasta la Cantera y terminar ahí el festejo de aniversario.

Éramos felices.
¿Por qué no?
Éramos jóvenes y teníamos al ocio de nuestro lado.

Cuando entramos, un estridente poeta-solista-enmaquinado daba un show musical y performático sobre las tablas de la Cantera y para  una cantidad considerable de foráneos que le miraban con sonrisas dibujadas con tiza, rayando en el desconcierto y la moralina. Sobre una mesa tenía un pequeño dispositivo electrónico por el que pasaba las tetas, los colgajos, o jalaba un toque de coca y la maquinita ésta emitía un ruido que pegaba con la música de base que salía desde un pendrive que el loco manejaba sin mucha maestría pero que siendo honestos, no sonaba del todo mal. Te hacía mover el pie al ritmo de su mierda}. De todas formas decidimos sentarnos bien atrás… quién sabe… Pam y yo éramos activos. Sí, sexualmente hablando.   
Bajamos unas cuantas botellas de cerveza y comenzamos a pensar en partir. El bullicio y el gentío fantasmal de los bares no nos interesaba en lo absoluto, por tanto era hora de partir. Me levanté, dije lo que todo hombre innecesariamente dice {voy a mear y vengo} y partí al baño. El piso era una mezcla de tierra, vasos plásticos, meados, escupes y papelinas de coca. Ahí estaba el poeta-solista-enmaquinado, jalando y gesticulando, con la vena y los ojos desorbitados, hablando sobre la vida, el arte, la poesía, la gestión cultural, Dios, el amor rotos de las parejas, de lo mala que estaba la cocaína menos la que él llevaba en sus bolsillos y se embutía por las narices.
Vadeé el mar de tierra y meado, me puse frente al urinario, saqué lo mío y lo hice. Mientras el chorro de orina golpeaba el blanco poluto y salpicaba mis manos y pantalones dije de espaldas:
-buen espectáculo diste…
-¡¡¡gracias, hippie!!! ¿quieres jalar?
-seguro… ¿por qué no?

El poeta-solista-enmaquinado hizo una súper raya de esa cosa blanca que por convención de no sé dónde chucha llamaban cocaína y sin más la esnifé. Una. Dos. Muchas gracias.

-¡De nada, indie! ¡Haz de tu vida un cuento medieval, hijo de perra! ¡Sé un hijo de perra! .-sentenció eufórico.

El poeta sabía de nomenclaturas. A fin de cuentas era un poeta, ¿no? Debía saber de la vida o quizás había tomado un curso de yoga o pasaba por alguna crisis psicótica o tenía de aliado a esa maquinita que traducía el roce de sus carnes en ruido {que ya era algo}.

-Vale .-dije sin mucha gana.- Seré un hijo de perra. Gracias por el consejo. Buena poesía, gran ruido…
- ¡Deja de hablar weás y ándate a vivir, mierda!

Tenía razón. En 5 minutos estaba junto a Pam. Estaba medio molesta por la tardanza. Le expliqué que el poeta-solista-enmaquinado me había metido conversa sobre la maquinita que le decía lo que tenía que hacer y lo que todos teníamos que hacer, en definitiva, ser.

-Deja de ser descuidado conmigo… los jotes y los llevadores andan por todas partes…
-Cierto, Pam, cierto… vámonos de aquí…

Pam era una chica hermosa. 30 años. Exitosa. Lujosa. Perderla era como creer en las maquinitas que te dicen lo que debes ser y hacer… yo no quería perderla. Tampoco creía en las maquinitas.
Salimos de ahí.
Noche agradable. Borrachera suave y el calor del amor {ese milagro extraño, puro o pérfido} entre el cuerpo de Pam y el mío… gordas ratas salían desde las paredes del Mercado… las gaviotas graznaban furiosas en la madrugada… los sub-bajos de distintos baruchos y antros hacían trepidar el aire y declarar que todo, absolutamente todo y a pesar de lo bueno que podía ser estar vivo, digo, a pesar de eso, en esa ciudad  TODO iba directo a la nada. Al olvido absoluto de la historia, la poesía, los amores, la música, las risas, los dientes, los papeles y las flores, los triunfos del equipo local, las animitas, las noches de cerveza y los días de cerveza… al olvido resoluto del Cristo de La Matriz, a la destrucción del Santa Isabel y el Liberty y Los Compadres … al olvido del Negro Farías… al olvido del callejón de los pescados y Don Luis y el Carlos que me vendía pitos y ceviche de reineta… al olvido del poeta-solista-enmaquinado… al olvido de Pam. Al olvido definitivo del ser que yo era. Al olvido del olvido… a la mierda.
Al polvo y a la vuelta a él.
Sólo era y seguiría siendo así.
Me bajó una nostalgia medio bastarda y contuve la pequeña lágrima que quiso asomarse por el rabillo del ojo… recordé a todos los personajes de la historia de la humanidad, a los importantes, a los infames, a los científicos e iluminados del esoterismo, recordé sustancias maravillosas, recordé momentos alegres, llenos, pletóricos de médula y voluntad de vida… recordé la sonrisa de mis abuelas, la rudeza de mis abuelos, los ojos entornados por la depresión post parto de mi madre, la fragilidad de mis hermanos … recordé a los amigos de Calera y las tardes enteras bajando cerveza báltica en las líneas del tren mientras el sol bajaba en justa dirección de donde estaba parado en ese mismo instante: una callejuela porteña de inciertos años de antigüedad que ahora soportaba nuestros pies, nuestros espíritus, nuestra sangre y nuestros sueños.
La vida podía ser tan agradable… si lo permitías… yo me lo estaba permitiendo hasta que aparece este subnormal drogado que me lanza un directo y certero golpe en la sien que me mandó al suelo. Yo era un tipo grande, 82 kilos, 182 cms de altura, brazos como acero y puños como roca… pero ahora no lo había visto venir. Ese animal me dio un fuerte golpe que me hizo saltar sangre e hizo que Pam comenzara a gritar y darle de patadas al animal porteño, a esa sucia rata artera y seguramente politoxicómana. El tipo la empujó mientras yo comencé a levantarme. Ver eso me disparó una dosis altísima de adrenalina y me abalancé sobre su masa informe y seborreica mientras la sangre me bañaba la cara y la ropa y mis pocos dientes rechinaban para concentrar fuerzas y dirigirlas de buena manera… Pam lloraba en el suelo y la prefería ahí que cerca del bastardo… yo me haría cargo de ello… lo reventaría como la rata que era. En el forcejeo el animal sacó una hoja metálica con una especie de pátina y una huincha aisladora como mango… la vi en cámara lenta hasta dirigirse a mi cogote y enterrarse ahí.
Los ojos del hombre rata se abrieron y nuestras pupilas solo dijeron no fue mi intención; ok, no te preocupes… se incorporó y corrió como el infierno hasta perderse por calle Cajilla en dirección al cerro.
Me quedé tumbado, con el estoque ahí en el cuello. Pam estaba en shock, no paraba de llorar y de decirme cuánto me amaba…
Por mi cabeza sólo pasaban todos esos recuerdos de infancia, los buenos y los malos, las comidas que lleve a mi boca, estómagos e intestinos hasta deyectarlos, todo el buen y el mal vino, los cigarrillos, el lsd, los amigos muertos y los vivos, los compañeros de cervecerías y los compañeros de banda, el calor que Pam me había regalado todo este tiempo… todo como lo cuentan en las películas.

Comenzaba a sentir frío y la sangre ya era un charco de proporciones.
Deliraba y hablaba incoherencias… pensaba en el yoga y en por qué mierda nunca lo había practicado. Pam logró que llegara la ambulancia. Los paramédicos no lo creían; yo estaba vivo y ellos sólo trataban con muertos y medios muertos… el estoque funcionó como corcho y contuvo el derrame misteriosamente. Yo era un culo, un pene, un alma afortunada.
Me subieron a la camilla, me inyectaron alguna solución para bajar el ritmo cardíaco y disminuir por unos minutos {vitales por cierto} la velocidad de expulsión de sangre.

Llegamos al Van Buren y habían muchos más en la misma por la que yo estaba pasando. Habíamos heridos, mujeres llorando, paramédicos y, por supuesto, pacos. Muchos de ellos.

Estaba por perder el conocimiento y lo último que recuerdo ver fue la cara de Pam mientras oía a lo lejos que me decía que iba a estar bien, que todo era lamentable y que no quería que muriera. Me pareció reconocer a uno de los pacos que me había detenido y golpeado, o quizás sólo alucinaba. Era lo más probable.
Tenía tantas nefastas contradicciones porque, por una parte sí quería dejarlo todo y morir y saber qué mierda era morir, antes que tú, antes que Pam, antes que el poeta-solista-enmaquinado, antes que los paramédicos, antes que los pacos, antes que los del gobierno y de los que hacían yoga… y por otra parte, no, no quería morir, quería seguir siendo y estando.

El bullicio, las luces, las caras y yo nos fuimos apagando…
¿Sabría qué era morir?     


Comentarios

Publicar un comentario

Entradas populares de este blog