FROTAMOS LÁMPARAS POR DERECHO PROPIO

Estaba con Pablo, bajando un botellón de vino rasca (de esos que los francesitos en Valparaíso encuentran bueno y barato), cuando de pronto y sin mediar razón, comenzó a esgrimirme sus argumentos sobre política y derecho.
Era estudiante de esos diplomados que hacen las gentes ahora; en línea, no presenciales o virtuales les dicen.
Yo frotaba lámparas en caso de que algún genio (o genia) saliera y me concediera alguna huevá. Pablo puso más énfasis y ahora blandía el botellón:

-mira, cabrón, a nadie le importa lo que tú pienses sobre esto o aquello...
-pero tengo derecho a mear donde quiera, ¿no?
-sí, creo que eso depende del lugar en donde estés...
-pero entonces, ¿puedo mear o no donde quiera?
-podís, hueón, pero ya te dije que depende de dónde estés...
-o sea que puedo decir lo que quiera sobre lo que pienso sobre esto o aquello y además puedo mear donde quiera, ¿correcto?
-ah, loco, sabes... no me importa, en realidad...
-entonces déjame mearte la cara.

Recibí un directo derecho en el ojo izquierdo.

Seguí frotando lámparas...

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