No hay manera, Dan, no hay manera.


Destapé la botella de Capel sour, me quité los zapatos, me tumbé en la cama y di un sorbo. Era el segundo mes sin acción para mi aparato sexual y, también mi segundo mes sin escribir. Podía sentirme mal por la falta de mujer, pero sentir el vacío que tenía en la mente era mucho peor. Simplemente, había dejado que ocurriera. Había estado incubando el germen de los muertos. En fin. Sabía que estaba desperdiciando gran parte de mi energía y tiempo, en saber por qué la niña, la hermosa mujer que me enamoró, me había dejado. Y, cuando creía dar con la respuesta, terminaba en un hoyo.
¿Dónde había ido a parar la Humanidad?
Ya nadie entendía nada, menos a nadie.
Lo que era tan cierto como la muerte, era que, si ocurrió, fue Por y Para algo.
Así que terminé con la botella de sour de ¼ y salí. Eran las 3 de la tarde de un sábado de invierno. Las calles estaban completamente desiertas. No me era raro que, en medio de la fauna humana, un gato o una araña fuesen más interesantes. Pero ahora, me era extraño y casi conmovedor verme solo. Me dirigí resueltamente a la botillería y en el último tramo, vi a esta mujeruca, que no dejaba de atravesarme la masa blanda del cerebro con ese par de tetas. Grandes, redondas, con los pezones aparentemente erectos, apuntándome. Quiero decir, ese par de tetas eran la llave para acceder a algo mejor ¿O sería peor? No importa. Ella ya había notado que la miraba. En realidad, sabía que todo el mundo la miraba, donde fuese, y por ningún motivo iba a permitirte un pase fácil. Pero, tarado como siempre, fui hasta ella.

-Hola... -dije, mientras me arreglaba el pelo como idiota.- ¿Cómo te llamas?
-Laura. -dijo, al viento.
-¿Te parece si bebemos una cerveza?
-La verdad es que espero a alguien...
-Pero -insistí- tal vez no venga... y... sea mejor esto.
-Ehhhh... es que...
-Bueno, no importa. Chao. –dije. Ojeé por última vez el conjunto y di la vuelta.
-Éehe. Chao, loco, pa’ otra vez será.

Pobrecilla. Como si esa otra vez estuviera garantizada. Para ella, para mí, para ti. Para todo el mundo. Había tanta irresponsabilidad en todo lo humano ¿Dónde demonios estaban la razón, el juicio? Parecía una malísima broma. A la mierda. Por lo menos, en la botillería, el joven me atendía muy amablemente. Incluso me llamaba por mi nombre. Salí de ahí con una botella de ron barato y esta vez, me topé con un grupo de 4 mujeres. Putas jóvenes, adictas a todo, desclasadas, desdentadas. Eran las chicas de la pandilla del barrio. Me importó nada y fui hasta ellas. Cuando decidí hablar, una de ellas se quedó mirándome.

-Socito, ¿tiene una monedita? -dijo la que estaba mejor, la que sabía que estaba mejor 
-Algo mejor. -dije, y le enseñé la botella. Sus ojos se agrandaron, exhibiendo el suceso químico; la alegría celular.
-¡UH! -exclamó, llamando la atención de las otras mujeres. Se acercaron. Ninguna de ellas parecía verme. Bueno, yo no les interesaba. Lo que les interesaba era la botella; los hombres éramos instrumentos para conseguir las cosas. Al diablo con todo. Caminé con mi séquito, y nos instalamos en las líneas del tren. A pesar que la muerte gusta de estos lugares, siempre me he sentido bien ahí. Ni un solo metro cuadrado ocupado por gente. Ni un solo ruido. Ni un solo gesto.
Bueno, abrí la botella, di un sorbo largo y la pasé. Ellas no hablaban, sólo querían secar la botella, para secar otra. Fuimos dando sorbos, a través de la tarde. No pasaba gran cosa. Alguna que otra risilla boba, infecta, lanzada nada más por nerviosismo ante la pronta falta de alcohol. Me paré y dejé a las muchachas ahí. Sentadas, sedientas, esperando a otro para engancharlo. Era simple.
Seguí caminando. Justo en la esquina alguien gritó mi nombre. Volteé y vi esa figura que sólo esa perra maniática y manipuladora podía tener. Era Karilla. Bueno, había tenido un pequeño romance con esta Karilla y la cosa se había acabado porque no pasaba nada. Quiero decir, NADA de sexo. Los golpes y gritos eran aparte. Me quedé esperándola, sentado. Mientras, veía todo ese monumento de carne diecisieteañero, en el cenit de las secreciones glandulares, acercarse. El mejor calibre. Sólo que a mi no me entraban ganas de probar la mercancía. Prefería pagar por alguna puta entrada en años y carnes, antes de tener que soportar los arranques de histeria y violencia de Karilla. Venía sonriendo.

¿Qué quieres? -pregunté, a pocos metros antes que llegara.
-¡Ay! ¿Acaso no puedo saludarte? -Esa era la excusa N° 1 cuando quería montárseme la tarde entera.
-Supongo que sí... -Se acercó y me besó en la mejilla. Sentí moverse algo allá abajo.
Noté que estaba mejor que la última vez. ¿O sería porque yo estaba en periodo de receso?
La invité a tomar una cerveza. Reconsideré el asunto de jodérmela y supe que sí, que quería. Tenía claro que necesitaba echar un polvo, así que olvidé por completo el hecho de que uno de sus 3 hermanos quería irse a los puños conmigo; que su padre –un sucio cabrón, calvo, diabético y blandorro- me había amenazado de muerte; olvidaba, que su hermana y su madre me habían echado el ojo... Cristo, la virgen y la concubina de satanás. Ninguno de ellos había cumplido sus amenazas y promesas, así que decidí mandarlos a todos al carajo. Metiéndome en Karilla. Entré en la botillería y el tipo agradable que atendía me sonrió. Como de costumbre. Pedí la cerveza.

-Veo que no es muy difícil que consigas mujeres. -dijo, mientras sacaba la botella de la nevera.
-Para nada. Sólo que consigo maniáticas de la peor clase, borrachas estúpidas, mentirosas...
-Como moscas a la miel...
-Como pulgas a la sangre.


Karilla esperaba sentada justo enfrente del local. Noté que me miraba. Me sentí como un actor de teleseries. Probablemente, todos sintiéramos eso, una que otra vez, por lo tanto, la vida debía haberse convertido en tal. En una muy mala y aburrida, pero, de alguna extraña manera, fascinante. Decidí dejar de sentirme como idiota y comencé. Ella miraba atenta; yo no tenía motivos para fracasar. En efecto, tumbar el fracaso era mi motivo.

-¿Vamos a mi cuarto? -le pregunté.
-Está bien. -dijo, poniendo cara de obsesa sexual. So zorra, te voy a dar lo que mereces, pensé. 
Llegamos a mi cuarto. Ella se sentó en el borde de la cama, cruzó las piernas, sacó un cigarrillo, lo encendió y dio golpecitos justo a su lado, para que me sentara. Yo miraba el cuadro, absorto en mi imaginación. Lo notó y lanzó una risita.

-¿En qué piensas? -preguntó. Acto seguido, abrí la botella y me puse a chupar directamente.
-En John Fante. -mentí. Le acerqué la botella.
-¿Quién es ese?
-Un viejo amigo. -estaba obsesionado con meterla en la cama.
Bebimos en silencio.
-Y dime ¿Qué tal las cosas con Bell? -inquirió.
-No pasa nada. Se acabó.
-¿Acabarse?
-Sí.
-Lo siento, de veras...
-Por favor, nunca lo sentirías. Darle palmaditas al enemigo es subvalorarlo.
-¿ENEMIGO? -llevó su mano izquierda en forma de abanico justo al seno derecho, visiblemente ofendida.- Dime, -continuó- ¿Quién es mi enemigo?
-Nadie, supongo... mira, olvidémonos del jodido problema. -decidí dejar de pensar en mi ex novia, para no cagar el asunto.- Sólo bebamos tranquilos.
-Por supuesto, lindo. A propósito, el otro día estuve en un recital de “Carilindos No More”, y no te imaginas...
-No. No me imagino.
-Bueno, este gallo, el guitarrista me subió al escenario y yo, toda loca -y mojada, pensé- me puse a su lado y, ni te imaginas, me empezó a dar agarrones, y yo le decía: Oye, ridículo, hay mucha gente; hasta que paró y me fui a sentar al lado del baterista y, ni te imaginas, -¡Dios santo!, pensé, si ya sabe que no me imagino ¡para que me lo pregunta!- ¡SE LE EMPEZÓ A PONER DURA! Tuve que salir de ahí. Me quedé detrás del escenario, en bambalinas como se dice, hasta el final. Luego, cuando terminó todo, y creí que me iba a quedar sola, ni te imaginas, Hanz, así se llamaba el guitarrista, me agarró por la cintura y me besó. Salimos en su auto y fuimos a su hotel. Te imaginas lo que pasó después.
-Fascinante, pero no, NO me imagino.
-Tonto, tú sabes...
-Sí, sí sé. Bebe un poco.
¡Por la madre de todos los demonios! ¿Cuánto más tendría que soportar? No había manera. Podías escuchar hora y media de trivialidades adolescentes, soportarlo, escuchar atento a ratos y después empezar a follar. Pero eso les parecía mal, las hacía sentirse utilizadas. Ahora, lo mismo daba si hacías lo contrario. En fin, la cosa, con su cosa, terminó por hartarme. Le pedí amablemente a la dama que me dejara solo.

-IDIOTA, como no consigues follar conmigo me echas. Espero que sea la última vez que nos veamos.
-Yo también, loca. Adiós.

Salió de la habitación, atravesándola fúrica, respirando como una yegua después de una carrera. Contemplé su culo. No sé por qué, pero esta vez me pareció el peor culo que hubiese visto jamás. Me quedé tumbado en la cama, con media botella de cerveza. Cuando terminé, decidí ir por más. La noche estaba fría. La luna estaba muerta. Irak era territorio de Bush. Los bares, los sanatorios, el Refugio de Cristo, estaban llenos...

En la botillería, el encargado me preguntó qué tal había estado la cosa.

-No hay manera, Dan, no hay manera. 

Hizo el gesto de comprender lo que decía. Probablemente comprendía. Recibí el cambio, me despedí, di la vuelta y salí de ahí. Aún me quedaba dinero del finiquito de la fábrica, así que habría tragos y cigarrillos, posibilidades de triunfar, de perder, noches por vivir y alguna historia que empezar. Llegué a mi cuarto. Alguien había telefoneado. Su número estaba ahí, en la pantalla del celular. Lo dejé. Abrí la botella y di un sorbo.
Me dormí sin saber cómo ni cuándo

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